viernes, 30 de enero de 2009

Caso: La decisión de Anna

Anna Escribano no podía conciliar el sueño. (Por si hay algún mal pensado, dormía –o al menos lo intentaba– sola). Le daba vueltas una y otra vez al tema sin llegar a una conclusión clara. Se acordaba con cariño y añoranza de aquella anécdota que les había contado el profesor Antoni Subirà sobre aquel hombre que no puede dormir porque sabe que no podrá pagar una factura y finalmente decide levantarse de la cama en medio de la noche, llamar al proveedor para comunicárselo y volver a la cama muy tranquilo pensando “ahora el que no puede dormir es él”.

¿Tenía que hacer lo mismo? La situación no era igual. Ella aún no había tomado la decisión de echarse para atrás en sus tratos con Miquel.

Antecedentes
Anna y Miquel se conocieron en IESE, y más concretamente como alumnos del PDG-2-2008 y miembros también de uno de sus grupos (el grupo V, mucho más conocido como Octopuss5). Como todos los miembros de ese grupo, disfrutaban de una fuerte amistad labrada a base de compartir el esfuerzo del PDG y de un montón de momentos agradables.

Por ello, no es de extrañar que, a la hora de buscar nuevos profesionales para su grupo empresarial familiar, Anna se fijara en Miquel y le propusiera un nuevo reto profesional.

Tras unas negociaciones que, aunque secretas, todo el mundo intuía que debieron ser arduas dada la gran capacidad negociadora de ambos, llegaron a un acuerdo: Miquel se incorporaría el próximo 1 de febrero, con la misión de impulsar una de las empresas del grupo.

Hasta aquí todo es una historia feliz. Pero tan solo era la calma que precede a la tormenta. Y es que Anna invitó a Miquel a una cena con importantes clientes el día 26 de enero, cena a la que Miquel NO SE ACORDÓ de acudir.

La cena
Iban llegando los invitados al mismo ritmo que crecía el nerviosismo de Anna. ¿Dónde estaba Miquel? Había que conseguir nuevos mercados para sus elaborados productos de acero, utilizados hasta ahora sobre todo en el sector de la perfumería, y era importante que Miquel asistiera.

Primero fue Mr. Matt, un gran hombre con muchos contactos en el sector del automóvil. A pesar de la crisis del sector, se seguían construyendo millones de coches cada mes, y cada coche tenía potencial para muchos detalles de acero. De hecho, el acero ya se había introducido en el sector. Ahora sólo tocaba pasar al acero “de lujo”, y Anna quería ser aquí la pionera.

Después fue Frank Cash, representante del sector documental. Estaba claro que esas grapas, clips y demás complementos tenían potencial. Al fin y al cabo, un acta notarial, un importante contrato o una boda se merecían un clip de lujo, ¿o no?

Le seguía David Google, especializado en el mercado del juego por Internet. Anna quería tantear la posibilidad de crearle piezas de acero “virtual” al estilo de las piezas de plástico de los casinos, pero con la mejor y más moderna prestancia del acero.

A Sir Jonathan Gilmore, un caballero inglés del sector de la hostelería, conocido por su seriedad en todo momento, los productos de Anna le interesaban para complementar su amplia gama, sin que Anna hubiera podido averiguar nada más por ahora del enigmático e introvertido personaje.

¿Dónde estaba Miquel? Anna tenía planeado entretener a las respectivas mujeres, mientras que Miquel y su amado Emilio debían ocuparse de los hombres de negocios. Finalmente, tras llamar a Miquel, afrontó la cruda realidad: Miquel se había despistado y no iba a acudir.

Para colmo, dos importantes clientes no habían podido acudir, y Anna los echaba francamente de menos. Ager Beachboy representaba a un importante fabricante de lunas para el automóvil, y Anna estaba tanteando con él si se podía usar el acero para elaborar lunas de mayor opacidad que las tintadas. Y la encantadora Srta. Lasa representaba al sector hospitalario, estando interesada en una línea de agujas de jeringuilla de gama alta cuyo acero tuviera diseño y fuera especialmente suave en contacto con la piel, de cara a los clientes adinerados que exigen pinchazos "de lujo".

¿Qué quedaba? Salvar la cena como pudiera. Pudo encandilar a las mujeres, mientras Emili hizo lo propio sorprendiendo a todos los hombres con su afición a las palomas mensajeras y consiguiendo que dejaran de hablar de sus cosas y se abrieran a ideas nuevas: que si las arandelas de las palomas las fabrica Anna en acero porque son absolutamente resistentes a la intemperie, que si sus casetas están hechas de madera por calidez más acero por robustez, que si las jaulas son de acero, que si me acercas ese cuchillo de “acero”, que vigila cuando salgas a fumar y no tropieces con la “acer-a”, … La verdad es que Emilio se lo curró a tope. ¿Sería capaz de convencer a todos esos clientes del potencial del acero?

Al menos, se autoconvencía Anna, la cena le estaba saliendo barata. Mr. Matt había venido sin pareja –enferma con gripe– y la mayoría de comensales optaron por arroces y económicas fideuás, obviando las langostas, ostras y demás manjares suculentos. Los muy inocentes no sabían que en “El merendero de Ca la Mari” la fideuá no lleva ni gambas, ni sepia ni tropezones de ningún tipo.

La decisión
¿Qué debía hacer Anna con Miquel? ¿Esa informalidad era causa de despido? De hecho, aún no habían firmado el contrato así que, estrictamente, no tenía ni que despedirlo. ¿O debía perdonarle y esperar a que se incorporara dándole una segunda oportunidad? ¿O debía contratar a Emilio, que era quien al fin y al cabo se estaba trabajando los clientes? Desde luego, como mínimo, y tanto si lo despedía como si no, Miquel se iba a llevar una buena bronca el primer día.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

con semejantes personajes como "los mejores clientes" me temo que todo esta perdido...

Jonathan P. Gilboy dijo...

Cash,

de lo mejor de lo mejor...

Tendrás que explicar el desenlace e invitar a la protagonista del caso a que nos explique cómo pudo solucionar tan tremendo dilema. La verdad es que no me hubiera gustado encontrarme en tal situación. Prefiero la del camel dealer.

Francesc Sistach dijo...

Sí, estoy persiguiendo a Anna a ver cómo acaba el tema. De entrada, es sintomático que nadie sabe nada de Miquel. ¿Hacemos una porra?